jueves, 2 de febrero de 2017

VIAJE A MACONDO

VIAJE A MACONDO

Vitorio Reyes, campechano de Macondo, un hombre de estatura baja, moreno y callado. Hijo de Cayetano Reyes y de María Amalia Campero, nacido en la finca La Bananera. Sus padres fueron muertos en la guerra civil. Huyó a Venezuela para salvar su vida. Muchos años después regresaba con la esperanza de abrazar su tierra.
Caminando rumbo a Macondo fue interceptado y sorprendido por unos extraños caminantes.   

¿ A dónde vas?  - pregunto el indio.
- voy a mi casa, a Macondo. - contesto Vitorio.
- ¿Andas perdido? - volvió a preguntar. - Sí - dijo -. ¿Porqué?
- Porque Macondo no queda por donde vas. Macondo está para el otro lado. Nosotros vamos allí - dijo otro indio. - ¡Vente con nosotros! - dijeron  otros campesinos que le acompañaban. - ¡Tenemos mucha comida! Pero Vitorio se quedo viéndoles a los ojos y se dijo así mismo: - estos no son personas reales. 
Había en sus voces mucho de amabilidad que los delataba y sobre todo cuando le pedían ir con ellos de una manera desesperada. Fue entonces cuando hecho a correr, le rogaban y le suplicaban para ir con ellos. Pero Vitorio no hizo caso, hasta alejarse totalmente de ellos. Luego de caminar un rato cobró confianza y supo que Macondo daba en la dirección que llevaba, entonces vio dos hombres que venían hacia él. Parecían hombres de Aracataca. Venían con una carreta de bueyes llena, hasta el sorete de leña. Pasaron junto a él y murmuraron:  - ¡Buenas tarde - ¡Buenas tardes! - dijo y siguió de frente. No le hicieron caso y continuaron su camino. Disminuyo el paso y como si tal cosa volvió a mirarlos. Ellos se alejaban sin preocuparse por él. Parecían reales.
Corrió tras ellos gritándoles: - ¡ esperen, esperen! 
Detuvieron la carreta y se pararon uno a cada lado de la carreta como protegiendo la carga. 
- Estoy perdido en estas montañas  - les dijo - 
- ¿A dónde queda Macondo? 
Señalaron en la dirección en que iban.
- Está usted muy lejos - dijo uno de ellos -. Queda al otro lado de esas montañas. Tardará usted de tres a cuatro días en llegar. 
Luego dieron la vuelta y siguieron andado. Sintió que eran personas de verdad y les rogó que lo dejaran ir con ellos. 
Caminaron junto por un momento, y luego uno de ellos sacó un elote cosido y se lo ofreció. El se quedo quieto. Había algo muy extraño en la forma que le ofrecía el elote. Su cuerpo se asustó. de modo que se hecho para atrás y corrió. Los dos le dijeron que moriría en las montañas si no iba con ellos, y trataron de convencerlo para que volviera.
También sus ruegos eran muy extraños, pero él huyo de ellos con  toda su fuerza. 
Siguió andando. Supo entonces que iba bien rumbo a Macondo y que esos fantasmas trataban de apartarlo de su camino. 
Encontró a diez   mas en el camino; deben haber conocido que su decisión era inflexible. Se pararon junto al camino y lo miraron con ojos implorantes. La mayoría no dijo una sola palabra, pero las mujeres eran más audaces y le rogaban. Algunas le enseñaban comida y otras cosas que se suponía estaban vendiendo como inocentes vendedoras al lado del camino. No se detuvo ni las miro. Ya era muy tarde cuando llegó a un valle que le pareció reconocer. Algo tenía de familiar. pensó que había estado antes allí, Pero en tal caso se halaba en realidad al norte de Macondo. Empezó a buscar puntos de referencia para orientarse debidamente y corregir su ruta, cuando vio un niño indio que cuidaba unas vacas Tenía unos ochos años y vestía como él había vestido a su edad. De hecho le recordaba a él mismo, cuando pastoreaba las vacas de su padre.
Lo observó  un tiempo; igual que aquel entonces, cuando hablaba con sus vacas, él también sabía cuidar del ganado, él muchacho era bueno para eso. Era cabal y cuidadoso. No miraba a sus vacas, pero tampoco era cruel con ellas. 
Decidió llamarlo. Cuando le habló con voz alta se paró de un salto y corrió a un matorral y lo espió cerca de unas rocas. Parecía dispuesto a correr por su vida. Le cayo bien. Parecía tener miedo y sin embargo halló tiempo para pastorear las vacas y quitarlas de su vista.
Le habló mucho rato; le dijo que andaba perdido y que no sabía el camino a Macondo. pregunto el nombre del sitio donde estaban y el dijo que era el sitio que el pensaba. Eso lo hizo muy feliz. Se dio cuenta que no andaba perdido y pensó  en el poder de su espíritu.
Dio las gracias al niño y echo a caminar. ÉL salió como si tal cosa de su escondite y pastoreó sus vacas hacia una veredad que apenas se notaba. la vereda parecía bajar al valle. Llamó al niño y no corrió.
Camino hacia él y cuando se acerco demasiado, salto al matorral. Lo felicitó por su cautela y empezó a hacerles preguntas.
- ¿Para dónde va esa vereda? - preguntó.
- Para abajo  - dijo él.
- ¿Dónde vives?  
Allá abajo.
- ¿Hay muchas casas allá abajo?
- No  nada más una.
- ¿Dónde están las otras casas?
El niño apuntó para el otro lado del valle, con indiferencia, como hacen los niños de su edad. Luego empezó a bajar la vereda con su vacas.
- Espera - le dijo -. Estoy cansado y tengo mucha hambre. Llévame con tus papás.
- No tengo papás - Dijo el niño, y eso lo tumbó. No supo porqué, pro su voz lo hizo temblar. El niño notando sus dudas, lo paró y volteo hacia él. - No hay nadie en mi rancho  - Dijo -. Mi hermano mayor se fue y su mujer anda en el campo. Hay bastante comida.Ven conmigo. 
Se puso muy triste. El niño era también otro fantasma. El tono de su voz y su ansiedad lo delataban. Los fantasmas estaban dispuestos a capturarlo, pero él ya no tenía miedo. Seguía confiado a su espíritu y en ves de enojarse con el niño sintió mucha tristeza por él como sintió por los otros fantasmas. Así que dejo su intento de enojo. Luego siguió entristecido por que el niño le había caído bien. De pronto se dio cuenta que tenía un espíritu que lo ayudaba y que nada le podían hacerle los fantasmas. Siguió al muchacho por la vereda. Otros fantasmas salieron rápido y trataron de hacerlo caer al guindo, pero su voluntad fue más fuerte que ellos. Deben haberlo sentido, por que dejaron de molestarlo. Después de un rato se le quedaban parado en el camino; de vez en cuando algunos le saltaban encima, pero él los detenía con su voluntad. Y luego lo dejaban de molestar en absoluto. 
Pero Vitorio pensaba en su Macondo amado, recordaba los días de su juventud, las riñas de gallos y sus amoríos prohibidos junto a Joaquin Carranza, compañero de serenatas. 


Vitorio estaba profundamente consternado por eso se quedo sentado buscando su propio consuelo.
De repente escuchó una vos que le decía: - Nunca llegaras a Macondo. - Era el gitano Melquíades quien le profeizaba el futuro.
- ¿Quién eres? Preguntó. - Soy Melquíades . 
-¿Eres otro fantasma?
- No, yo si soy real porque no soy un ser efímero.
Su voz era firme pero suave, casi un murmullo. 

- Con todo el sentimiento, Macondo es sólo un lugar de tu espíritu.  Aveces pienso que estoy 
a un sólo paso por llegar a Macondo. 
Pero nunca llego.
En mi viaje no encuentro los mismos sitios que conocía.
Nada es ya igual.
Vitorio y Malquíades se miraron por un instante. Había algo muy triste en sus ojos.
En mi viaje a Macondo sólo encuentro viajeros fantasmas  - Dijo Melquíades. Vitorio no entendió aquellas palabras y pregunto 
- ¿ Qué quiere decir señor?
- Quiere decir que todos los que encuentras en el camino a Macondo son nada más seres efímeros.
- Explico Malquíades -. Tú por ejemplo eres un fantasma. Tus sentimientos y tu ansiedad son los de la gente. por eso te digo que sólo viajeros fantasma  encuentras en el viaje a Macondo.  
 De pronto Vitorio se dio cuenta que el viaje al que refería Melquiades era algo así como un símil.  
- Entonces su viaje a Macondo no es real. Dijo Vitorio.
- ¡Es real! - dijo Melquíades - Los viajeros no son reales. Ve ese horizonte volvió a decirle. - Sí dijo él.
 - El mundo se vuelve real sólo cuando ves y comprende que sólo somos viajeros en el tiempo. Entonces como es natural, cuando se ve con el espíritu ya no hay modo de que todo sea igual y no hay manera de volver a Macondo. lo que dejaste allí está perdido para siempre. Todo cuanto amamos a quedado atrás. Pero los sentimientos de un hombre no cambian y uno siempre iniciará su viaje a casa, sabiendo que nunca llegará, sabiendo que ningún poder sobre la tierra, así sea su misma muerte lo conducirá al sitio, las cosas, la gente que amaste. - ¿Y las personas que yo amo? - pregunto Vitorio. ¿Qué les va a pasar? 
- Todas se quedarán atrás - Dijo - 
- ¿pero no hay manera de traerlas conmigo?
- No, no hay manera.
- Pero yo podre volver a Macondo, ¿no? Podría tomar un colectivo e ir allí. Macondo seguiría allí, ¿no? 
- seguro - dijo Melquíades, riendo -. y también Aracataca y la bananera y muchas cosas más.
Sólo un hombre apasionado tiene cosas que ama en esta tierra, 
aún que sea sólo el camino por donde anda. Es un ser terrestre  que tiene cosas le importan, su pasado vaga en sus sentimientos, su casa, su gente y todas las cosas que viven en él. Estará siempre a punto de llegar a Macondo. Todos nosotros tenemos eso en común.
Para otros podría ser Aracataca, para mi Granada y para ti Macondo. Hubo una pausa, entonces Vitorio dijo:     
      
- en este viejo corazón 
hay viejas casas y calles 
que todavía laten en el alma.
y aún que el mundo se vuelva irreal 
por no ser ya el mismo,
se oirán siempre en él 
las campanas de Macondo,
 la vieja molienda y la flauta de Joaquin Vega 
limpiando las huellas del tiempo. 
Habrá hojarasca y polvo siempre,
se detendrá el tiempo en el reloj 
y oiré en los maizales 
el violín de la luvia   
  

Se sintió una soledad suprema, donde ambos parecían llorar. Se miraron entre ellos, había un ambiente de nostalgia  avasalladora y cuando estaban apunto de estallar en lágrimas,
contuvieron la marea del llanto. Por un instante, vieron la soledad
humana como un tempano frío y gigantesco frente a ellos. Su tristeza era tanta que se sintieron eufóricos, abrazándose fuertemente.
Melquíades se distanció un poco y coloco sus manos en el hombro y le dijo: - haz lo que te dicte el corazón y el espíritu  y señaló en dirección a Macondo . Con un guiño y un movimiento de cabeza lo instó a avanzar.
Entoces Vitorio comprendió que Macondo más que un lugar determinado era un sentimiento en lo más profundo del corazón y que su nostalgia y pasión era sólo poesía guardada en lo más hondo de su ser, como la hojarasca y sus calles, como las piedras y el polvo de su recordado Macondo y toda la gente amada que había dejado atrás. Siguió caminando, y caminando. Nadie supo más de él después que paso al otro lado del río Magdalena.               

   

       




   
  





   
   



  



   

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