jueves, 26 de junio de 2014

EL AURA DE LOS CRISTALES. LA CASA GRANDE

 Don Daffa nunca se perdono vivir sin su esposa. Toda las tardes fijaba sus ojos hacia los kioskos del parque central,  como si se estuviera despidiendo de la vida.  Raquel su hija de crianza lo cuidaba con la paciencia del cielo. Los días parecían ser iguales y ni siquiera toda la fortuna que tenía podía llenar el vacío que le había dejado su esposa. Una tarde como de costumbre, don Daffa se mecía en su sillón sobre los corredores de la casa grande, miraba hacia el umbral de la puerta, sus ojos fijos, su quijada temblorosa y un silencio que lo quebraba. Pocas veces abría su boca.  La casa asomaba un estilo colonial neoclásico con una plazoleta de techo y grandes ventanales. Don Daffa pasaba horas, mirando hacia el parque. También tenía la mirada fija en su pañuelo. Por las tardes se sentía un poco más contento y más de una vez  me sentí atraído por su estado meditativo. Un día me acerque a él y hablando de su esposa me enseño las joyas que había regalado años atrás a su amada, un medallon de oro y 7 anillos con piedras brillantes, rubíes y esmeraldas estaban envueltos en su pañuelo blanco que tiraba amarillo. Don Daffa a pesar de estar enfermo dormía ´poco y  comía lo suficiente. sin embargo parecía una lechuza con sus ojeras. Un día, abrió su boca para decirme que guardaba el aura de su esposa en el pañuelo de las joyas. -Aquí guardo el aura de los cristales, el aura de mi esposa me dijo.
 -¿Qué aura? Le pregunte. - La energía de mi esposa dijo, así puedo sentirme y estar más cerca de ella.
 -No le entiendo don Daffa. ¿Su esposa está muerta, no? -- Lo sé me dijo. -¿Entonces qué quiere decirme usted con eso del aura? 
 - Que donde pongas tu atención allí estará tu corazón. 
Me quede sorprendido por aquella respuesta de don Daffa. Ese día vaciló por un instante, se volvió a verme con una mirada silenciosa  y sentí que se volcaba toda una vida de sentires en él.  
De pronto un manotazo en la charola de su café me despabiló.
y dijo: -- Un día estaré con mi esposa. Quiero que mi hija Raquel sea la custodio de mis joyas y que las entierre en un lugar de esta casa.
-- Eso será muy difícil don Daffa.
-- No, ella lo hará.
-- Bien ojalá así sea don Daffa.

 Una mañana como de costumbre, cuando llegue a la casa grande  me encontré a Raquel llorando, decía que su padre había muerto, mirando las joyas. Le pregunte por ellas y ella dijo que su  hermano Bruno, había manipulado el testamento, dejándola en la calle. Las joyas y la casa pasaron a ser propiedad de él y ella tuve que irse de la casa, ya que no tenía nada que hacer ahí,. lloró, me abrazó y dijo: -- Ahora no podré cuidar de la joyas de mi padre y cumplir su deseo.
-- No importa Raquel el mejor tesoro que alguien tiene de un ser amado es su memoria.
-- Pero mira me quedó el velo de mi madre y lo voy a dejar en el jardín de la  casa. Conozco a mi hermano, en un hombre lleno de creencias y superstición.  
-- Bien dije que bueno.

Una noche cuando la luna asomaba su cara roja y la niebla parecía brillar con la luz de la estrellas, un velo blanco parecía susurrar entre los arbustos del jardín. Bruno observaba y caminaba sobre los corredores, vio el velo, retrocedió, sintió que el viento lo empujaba como reclamándole algo que pertenecía a ese lugar.
Bruno sintió que lo agarraban de la mano, gritó, se puso pálido y se desmayo. Cuando su hermana llegó lo encontró con las joyas en las manos y el velo sobre él, extendió su brazo y dijo: toma las joyas que no quiero que me quemen ni me maten. Raquel tomo las joyas y se fue directo a donde el joyero del barrio y este le dijo que tenían un valor incalculable. Ella se sorprendió y dijo: ahora si disfrutaré de las piedras preciosas de mis padres y seré feliz.                 

















 


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